lunes 23 de noviembre de 2009

Sendero de fuego

María esperaba en el banquito junto al muelle del malecón. Había estado ahí por unos cuarenta minutos. Evitaba impacientarse. Ya le habían dicho que el barquero podía demorar. Era un domingo, y es típico de un domingo de ciudad pequeña el holgarse de calles despejadas, de silencio de voces y automóviles. Solamente ella, María, y las aves junto al muelle habitaban el cuadro.

De pronto, una lancha a motor. Ella odió que entrara ese muro de sonido entre las voces de los pájaros y las hojas crujientes. Como oír una sierra eléctrica cortando un árbol. Desconfiaba. Se le erizaron los vellos en los brazos. No estaba segura de si era por aquella invasión repentina o si se debía a la presencia inminente del barquero. Sin embargo, a los pocos segundos, el conductor, con una gorra blanca brillante, tanto como su lancha nueva, le pasó muy cerca causando un oleaje mediano y ni siquiera la vio. Le habían dicho que ella no debía hacer ninguna seña. Debía esperar a que él le hablase primero.

El río Paraguay es muy quieto. Por momentos parece un espejo. Si uno está en un bote o en un ferry de noche, tiene la certeza absoluta de que está rodeado por completo del cielo estrellado. Lo que a María más le gusta es el olor. Huele a camias, a orquídeas, a luciérnagas.

- ¿María?

Ella cayó al suelo al escuchar la voz. Se recompuso de un salto. Se limpiaba el poco barro que se le había pegado a la falda y a las sandalias. Por primera vez miró sobre el agua en la orilla el reflejo de su cabello castaño lacio cayendo sobre parte de su cara, y sus ojos grandes que trataba de ocultar de los demás.

- Sí, soy yo.

El hombre la miraba. No la miraba de pies a cabeza, no parecía ver el color de su piel, su cara que muy posiblemente no había visto en ninguna fotografía pues hacía años que no le tomaban una, ni tampoco parecía tratar de adivinar su edad. Ambos se encontraban ante la misma situación. Buscaban eso que habían venido a encontrar.

- Bien, vamos a tener que recorrer un trecho largo. Ya sabes que debemos permanecer en silencio. Y solamente debes hacer las preguntas que creas absolutamente necesarias.

Fue así que no le preguntó por qué no había venido en lancha y además, por qué había llegado tarde, así que solamente se dispuso a andar detrás de él. Más adelante obtuvo esas respuestas. El conductor de gorra blanca se había quedado parado, boquiabierto al costado de un manglar a unos veinte metros de la orilla, frente a lo que estaba ante él. Ya ni su gorra ni su lancha brillaban como hacía un rato. Unos quince ferrys se habían quedado estáticos, uno tras otro, uno al costado de otro. Una multitud de personas esperaba con las cabezas gachas sin hacer caso del calor ni de los mosquitos, repartidos entre sus autos, los bordes de los ferrys y la orilla del río, sin hacer nada contra el sol mancillante del mediodía. Un poco más allá llegaron a donde estaba amarrado el bote del barquero. Empezaron a navegar río arriba. Solamente ellos dos. Nadie más lo hacía.
María siguió sin preguntar.

Un poco antes de la puesta de sol, llegaron a una bahía con un muelle en medio de un bosque alto y espeso. Los sonidos de aves, insectos y ranas bullían como si el mundo estuviese atestado solamente de esa vida. María estaba segura de escuchar incluso cantos venidos del río mismo, como si los peces se sintieran libres para hacerlo en esa parte escondida del universo, en esa parte donde el río había vuelto a tener su nombre original.

No caminaron más de un minuto al salir del muelle y ya habían llegado a la cabaña. El barquero le ordenó a María prender el fuego.

- No sé, respondió ella.

- Por supuesto que no sabes, le dijo el barquero. Por eso has venido.

El barquero se quitó el saco que lo había acompañado a pesar de tanto calor. María notó que no había sudado una gota. Además olía a cedro intensamente, a algo parecido al aceite de oliva y a un toque de sal. A los mismos olores que repletaban la cabaña. Luego prosiguió a prender lámparas y cerrar cortinas.

- Solamente tienes que responderme con la verdad. Hay gente que llega hasta aquí a pesar de todos los obstáculos del camino, y ya en este instante, desisten… ¿Quieres que te enseñe a prender el fuego?

María quería contestar pero no podía. Sus brazos estaban inmóviles, su cuerpo desobedecía su voluntad como en una de esas pesadillas que pensó haber superado. Hizo un esfuerzo terrible hasta que finalmente articuló un sí.

- Sí. No busco otra cosa, continuó casi sin aliento. Por eso he venido.

El barquero jaló un banquito. Se sentó frente a ella. Por primera vez vio su cuerpo de frente. Hombre grande, facciones marcadas de indígena, cabello lustroso casi tan largo como el suyo, ojos como el cielo de verano, que por lo mismo, quemaban.

- Ahora solamente falta que me contestes tres cosas: ¿qué has aprendido?

Su mente respondía tan lento como sus músculos. María seguía haciendo un esfuerzo que sobrepasaba sus facultades físicas, tanto para seguir respirando como para mantenerse de pie. Ahora, además, debía pensar. Pero dijo tres cosas, y luego, preguntó qué aprendí…

Quiso rebuscar en sus recuerdos algún consejo del libro de magia. Nada. Quiso recordar alguna enseñanza, solo una parte de una enseñanza que hubiese aprendido de alguna otra bruja, de la vida. Nada. Finalmente comprendió que debía relajarse y dejar de pensar. Y contestó.

- Primero te esperé. Fue duro no desesperarse tomando en cuenta la importancia de esta prueba. Pero estuve en paz. Estuve alerta, tranquila como una estatua. En segundo lugar, pasamos junto a una ilusión de fin del mundo. Las naves estaban sin gasolina y las personas esperaban la muerte. Tampoco desesperé. No solamente no te pregunté nada sino que interiormente me mantuve en silencio. Por último, hemos llegado aquí y me has tratado de matar. Pero me he relajado y he comprendido que no puedes hacerlo si no te dejo.
He aprendido a desaparecer el miedo.
Ahora enséñame.

El barquero sonrió, hizo un ademán con un dedo y la chimenea se encendió sola. Alzó la vista. María estaba radiante. Sus ojos grandes ya no se cubrían más con el cabello.

domingo 8 de noviembre de 2009

Y después de tanto dolor...

Parece que hubiese llegado al lugar en donde se han acabado todos los objetos interesantes. Ya no encuentro temas para conversar ni para leer ni para dibujar. Nada me llama la atención.
No estoy deprimida. No estoy tirada en mi cama sin deseos de comer, llorando a cada momento, pensando cada diez minutos en una forma segura de morir.
No he recibido la iluminación. Mi desapego no es un desapego feliz. Tampoco triste. Miro todo con indiferencia, incluso la felicidad.
Miento.
Mis caricaturas me ven extrañadas desde el pasillo. Ya no me provoca pararme frenta a ellas a contarles chistes. He corrido entre sus ojos ahora lejanos a servirme una copa de vino. No sé qué me pasa. Normalmente traería la botella conmigo.
Nada. Unos sorbos más.
La tarde se acaba de quedar sin sol, y el verde del bosque allá afuera se ha vuelto más intenso.
Le falta intensidad a mi vida.
Le falta pasión (todo eso que había querido dejar de tener para ya no sufrir).
Le falta cuerpo.
No tengo espejos. A veces siento que me hace falta uno. No quiero salir con legañas a ver a mis clientes ni tampoco con un poco de tinta en la cara. Por eso tomo el ascensor para bajar en vez de para subir, para constatar que efectivamente estoy, digamos, presentable.
No quiero ver a mis clientes.
Ni pagar el alquiler.
Quiero comer, dormir, estar sola.
O encontrar un ser perfecto, que me acepte así sin pasiones, sin intensidad en la vida, sin cuerpo. Un ser mediocre como yo. No lo sé.
Se me está acabando el vino.
La cocina está lejos.
El departamento es grande.
El verde se está poniendo más opaco.
Quiero dormir pero es imposible.
También he perdido el sueño.

martes 8 de septiembre de 2009

Sopa de hongos

Bernardo recorría la superficie de la taza con un índice. No dejaba de darle vueltas. Mariana ya no percibía ese gesto. Hubiese sabido en el acto que se sentía inseguro. Pero ella no podía verlo. Tenía los ojos fijos en el cuchillo, en sus dedos, en esos portobello (¿serían portobello?) que iban siendo rebanados a un ritmo constante.
La primera vez que vi a Mariana, yo era ella. Yo acababa de hablar con mi ex, y él acababa de confesar que me había sido infiel con su actual novia. El pelo ondulado de Mariana no es como el mío. Es hijo del veneno que destilé esa noche, y aún al día siguiente, y sabe Dios cuántos días más, de pensar que todo mi amor había sido drenado a un punto inconcluso, había sido arrojado a la basura, había sido devorado salvajemente por cosas que jamás calificaría como animales. Su pelo ondulado y brillante es capaz de herir como heriría el de Tippi Hedren a los pájaros si ella se lo hubiese propuesto.
Al otro lado de la cocina seguía Bernardo oyendo ese golpeteo de metal contra madera que desde algún espacio remoto le producía un escalofrío. Casi nada. Ella no se atrevería a hacer algo descabellado. Jamás levantaría un arma contra él a pesar de todo. Él ya se sentía demasiado mal y había venido a reconocerlo. Buscaba descargar su culpa. Pero nada. Silencio y golpeteo de cuchillo contra verduras, tabla de cortar y... ¿portobellos?
Mariana no solamente es hija del veneno. También tiene cierto brillo que por momentos la hace libre, que le antoja ver cualquier carga como una pluma y nada más. Esa levedad le parte del corazón, aunque a veces, como en aquél momento, la ahoga.
Bernardo, en cambio, nace de un ex novio mío, Matteo, a quien me gusta citar en algunos cuentos. Es alto, un tipo con clase, su cabello negro recogido en una cola perfecta. Huele bien. Sin embargo, era incapaz de hacerme sufrir de manera alguna. Yo fui quien hizo mal entonces. Bernardo tomó el cuerpo de Matteo y actuó confusamente como mi más reciente ex. Me dejó mal. Y sabía lo que hacía. Lo seguía haciendo.
Fue en el momento en el que ella iba a dejar la olla al fuego, recién allí, que notó el gesto de Bernardo. ¿Tan mal siente que actuó? Toda la confusión y la agonía, retenidas a un solo compás para evitar que saliesen desperdigadas como esquirlas de una granada, empezaron a encontrar un sosiego, un motivo. Echó las verduras a la olla. Era cuestión de unos minutos.
¿Se te antoja vino?, Mariana sonrió y abrió una botella de shiraz muy difícil de encontrar en cualquier tienda. Algo había que celebrar. El desahogo, por ejemplo. El ver las cosas claras y estar totalmente segura de eso por primera vez.
Él tomó una copa. La miró a los ojos y se animó a decir aún, creo que me equivoqué. Creo que en verdad eres la mujer de mi vida pero ya es demasiado tarde, ¿no?
Mariana no tuvo que esforzarse en sonreír. La sopa estaba ya lista. Él tomó una cucharada grande. Le supo muy bien.
Yo me he sentado a la mesa con ellos. Quiero agotar el shiraz, quiero que esto termine. Veo cómo una luz invade este espacio y ya casi siento la lejanía próxima de mi propio Bernardo. Lo miro directo a los ojos con gran felicidad y casi no puedo saludarlo. Me provoca decirle, ¿por fin te vas?
Ella se llevó el vino a la boca. No le preocupó presentarme. Su corazón empezaba a sentirse ligero otra vez. El reloj marcaba ahora el ritmo del cuchillo, como si lo hubiese tomado de él y no al contrario. Ahora es cuestión de minutos. Ya acabó. Me miró y chocamos copas. Sorbió un poco. Mientras la sopa exhalaba vapor, Bernardo se iba esfumando con rapidez hasta que la cuchara cayó potente contra el piso.

viernes 21 de agosto de 2009

HUMO

Estás parado al lado de mi ventana. Fumas un cigarro. Ves los árboles. Te oigo decir que te he complicado la vida.

Nunca he sentido esta atracción por nadie, sigo escuchando.
Yo siento igual.

Una imagen mía salta hacia ti, desde mi lado de la cama. Pero no. Ahora todo es imposible.

Ésta es la hora en la que la bruma protege las ramas, cubre casi todas las hojas, los techos, y todo eso feo que no nos gusta ver. Hemos salido a caminar.

En un gesto mutuo, inesperado, por primera vez nos tomamos de la mano. Paso mis dedos por los bordes de tus uñas cortas, muy cortas, por tus callos que ahora sé que me encantan. Tu mano es mucho más fuerte y grande que la mía. ¿Así se supone que tienen que ser las cosas?

Hemos llegado a ese punto en donde sólo vemos los troncos de los árboles. La niebla se ha establecido entre nosotros y lo demás. Sus tentáculos difusos bajan como velos para una unión improbable.

Aún no hay besos.

Te pido que te vayas. Sabes que es lo mejor. Nos abrazamos mucho, intensamente, como siempre que nos despedimos. Empiezas a hundirte en ese vapor sereno y frío, que a mí me tiene capturada desde hace tanto tiempo.

Llego a mi casa. Prendo la tele. La apago. Leo. Sin concentrarme en absoluto, acepto que te quiero llamar. Me provoca verte.

Me sirvo vino y no hago nada. Nada más que pensar en ti y en que esto está mal. Tengo marcada en la ventana una única pregunta constante: ¿por qué no?

Marco tu número. Contestas.

Ven.
El corazón ha saltado. ¿Por qué lo he dicho? ¿Por qué me arriesgo a tumbarlo todo?

¿Te he complicado tanto?

Me pregunto diez cosas en un microsegundo.
Todo es inútil. Tú ya has respondido.

Ya voy.

domingo 2 de agosto de 2009

ESPECTROS DE UNA MUJER SOLA

Un vecino excéntrico
Javier es así. Yo estoy sentada en mi mesa, a una distancia prudente de la ventana. Allí puedo sentir el sol sin quemarme mientras leo o escribo. O pienso. Él a veces pasa, como cualquier vecino de otro barrio, y ni me saluda. Otras, le da por pararse entre el sol y yo, sonriendo todo el rato, como si ese día en especial yo necesitara reírme.
Hoy tocó el timbre. Lo dejé pasar y él, como lo hizo desde el primer momento que puso pie en esta casa, fue directo al colgador de tazas de la cocina, agarró su taza habitual (una muy rara con orejas de Mickey Mouse) y se sirvió un té verde. Luego, tan mudo como entró, se sentó a mi lado, recostó su barbilla sobre su mano derecha como un niño de diez años y se dedicó a mirarme todo el rato.
Javier solamente habla cuando Paulo anda por ahí. Hoy sentimos un tropezón. Seguramente, me dijo, Paulo repetía el evento de aquella vez que me llamó gritando, ¡mira, mamá, voy a volar como Superman desde este rascacielos! y cuando llegué estaba en caída libre desde la cima del ropero de mi bisabuela.
Rasponcitos. Moretones en las rodillas. Ojalá todas las veces fueran como esa vez.
Javier lo sabe, y me dice que Paulo insiste en jugar así para que me moleste con él y no lo extrañe. Dice que se va a quedar por acá mientras yo necesite de su compañía. Y dice que él es igual que Paulo. Simplemente un fantasma que vaga por ahí acompañando a su madre, esperando la señal oportuna, ese instante dorado en el que ella ya esté preparada para dejarlo ir, hasta que se vean en otro tiempo, con otros cuerpos.
Río
Cuando esperaba a Luis, cuando necesitaba que me abrace, cuando jamás venía y yo me hundía tras las ventanas, jalaba las cortinas y lo odiaba y lo amaba con todas mis fuerzas y lo culpaba por todo lo que pasó, pensaba, entonces pensaba, sentía porque así lo quería sentir, que estaba sola.
Mi único amigo de entonces era Paco. Paco estudiaba conmigo en la universidad hasta que pasó lo de Paulo y tuve que salir. No sé, salí un tiempo, luego regresé y ya no compartíamos cursos. Pero sabía que lo vería. Siempre estuvo a mi lado desde esa vez.
Luis no me abrazaba y yo le enviaba un mensaje a Paco. Me hundía en los corredores de la casa cuando él llamaba. Descargaba con él mi furia, mi dolor, todo lo que tenía en contra de mi marido y todo lo que necesitaba de Paulo. Él lo recibía todo como si fuera una suerte de hermano.
Pero luego, sin motivo alguno, él también se fue. Supongo que es demasiado para alguien cargar con las penas ajenas y no cobrar. No cobrar de ninguna forma. Ahora entiendo que él quería algo más, y seguramente siempre lo intuí a pesar de que él no decía nada y que se portaba de lo mejor. Paco no está.
Entonces, sin Paulo, sin Luis, sin Paco, las cortinas se hacían grandes y tenues a la vez. Los corredores cambiaban de direcciones, las sábanas flotaban vacías y cada cosa había adoptado esa forma de levedad que solamnete conocen los que no tienen cuerpo.
Paulo.
Yo también pensé en seguirlo. Yo también pensé en transitar ese túnel, perderme para encontrarlo, para abrazarlo, pedirle perdón, que no sienta mis lágrimas sino cómo me río con él cuando sé que está bien.
¿Estás bien, Paulo?
Ayer por fin acepté que siempre un ala me rozaba para darme ánimos, y cuando Luis no estaba, sus abrazos me daban calor, y cuando yo quería caer, allí se ofrecía a sostenerme, con esa fuerza que tiene aquello que carece de cuerpo.
Río a veces no aparece. A veces parece dejarme sola, pero siento que es para que encuentre yo misma mi propio valor. Debo reconocer el sentido nuevo, que seguramente fue siempre el único, que tiene mi existencia.
Quizá la esquizofrenia ha conseguido subir al primer escalón de mi vida, como decía esa mujer que me recomendaba ir a su psiquiatra.
Pero no importa. Nada importa. Con o sin Río, aunque él siempre esté, aunque no lo sienta, me debo a mí, le debo a Paulo, encontrar ese sentido.

martes 21 de julio de 2009

Camino a la concisión

Sucedió cuando estaba en el primer o segundo taxi de la mañana escuchando una canción ochentera. O no. Quizá fue en ese otro momento, mientras veía los trailers de las nuevas películas, o los comerciales de Interbank y Coca Cola, esos que te dicen que tienes que ser feliz ahora porque ya no hay tiempo. O cuando Liz me dijo que yo tenía razón, que no valía la pena esperar tanto a alguien para quien mis prioridades no habían sido las suyas, quien me dejó llorando sola tantas veces. Casi todas. Duele tanto que ya ni sé.
Cada uno de esos momentos era un mensaje de esos que no sabes para qué sirven salvo que causan un efecto. Eso puede ser, o bien alargar el problema o bien dar una luz.
No quiero que la contemporaneidad tan fallida me dé consejos. Menos las propagandas de Interbank ni las de Coca Cola. Ni Liz, quien tanto me quiere, y quien seguramente me dice las cosas con la mejor intención.
No. Todo está mal. La única razón por la que debería dejarte ir por completo no tiene nada que ver con lo anteriormente expuesto.
Es simple: soy muy superior, y tengo que serlo más. Punto.

domingo 19 de julio de 2009

Devolución de discos

Ya me parecía raro que me hubieses dejado de enviar mensajes de texto. Ya no me llamabas. Uno entiende que las parejas nuevas son emocionantes y todo eso, pero había algo más. Pensaba que no debía haberte dicho que te quería aquella vez, después de tanto tiempo que estuviste tratando de conquistarme sin confesarlo. Pero, bueno, me demoré en caer en cuenta de que sí te quería. Y, ¿sabes qué? Tuve que hacer un esfuerzo muy grande para borrarlo todo, para pretender que no me importaba que salieras con ella y te vieras feliz. Está bien que seas feliz. Está bien que los dos sean felices. Pero todo estaba raro. Entonces te vi venir a mi mesa con los discos que te había pedido. Y lo supe. Todavía me amas. Pero me callé. Pretendí tener una reunión casi de inmediato; debía irme. Además, se notaba que tú estabas incómodo. Ya no había nada que hacer. Caminé hasta la puerta del café, volteé, y te dije adiós. Sabía que era el último. Me da pena dejarte solo con esto. Pero en fin, así son las cosas.