María esperaba en el banquito junto al muelle del malecón. Había estado ahí por unos cuarenta minutos. Evitaba impacientarse. Ya le habían dicho que el barquero podía demorar. Era un domingo, y es típico de un domingo de ciudad pequeña el holgarse de calles despejadas, de silencio de voces y automóviles. Solamente ella, María, y las aves junto al muelle habitaban el cuadro.
De pronto, una lancha a motor. Ella odió que entrara ese muro de sonido entre las voces de los pájaros y las hojas crujientes. Como oír una sierra eléctrica cortando un árbol. Desconfiaba. Se le erizaron los vellos en los brazos. No estaba segura de si era por aquella invasión repentina o si se debía a la presencia inminente del barquero. Sin embargo, a los pocos segundos, el conductor, con una gorra blanca brillante, tanto como su lancha nueva, le pasó muy cerca causando un oleaje mediano y ni siquiera la vio. Le habían dicho que ella no debía hacer ninguna seña. Debía esperar a que él le hablase primero.
El río Paraguay es muy quieto. Por momentos parece un espejo. Si uno está en un bote o en un ferry de noche, tiene la certeza absoluta de que está rodeado por completo del cielo estrellado. Lo que a María más le gusta es el olor. Huele a camias, a orquídeas, a luciérnagas.
- ¿María?
Ella cayó al suelo al escuchar la voz. Se recompuso de un salto. Se limpiaba el poco barro que se le había pegado a la falda y a las sandalias. Por primera vez miró sobre el agua en la orilla el reflejo de su cabello castaño lacio cayendo sobre parte de su cara, y sus ojos grandes que trataba de ocultar de los demás.
- Sí, soy yo.
El hombre la miraba. No la miraba de pies a cabeza, no parecía ver el color de su piel, su cara que muy posiblemente no había visto en ninguna fotografía pues hacía años que no le tomaban una, ni tampoco parecía tratar de adivinar su edad. Ambos se encontraban ante la misma situación. Buscaban eso que habían venido a encontrar.
- Bien, vamos a tener que recorrer un trecho largo. Ya sabes que debemos permanecer en silencio. Y solamente debes hacer las preguntas que creas absolutamente necesarias.
Fue así que no le preguntó por qué no había venido en lancha y además, por qué había llegado tarde, así que solamente se dispuso a andar detrás de él. Más adelante obtuvo esas respuestas. El conductor de gorra blanca se había quedado parado, boquiabierto al costado de un manglar a unos veinte metros de la orilla, frente a lo que estaba ante él. Ya ni su gorra ni su lancha brillaban como hacía un rato. Unos quince ferrys se habían quedado estáticos, uno tras otro, uno al costado de otro. Una multitud de personas esperaba con las cabezas gachas sin hacer caso del calor ni de los mosquitos, repartidos entre sus autos, los bordes de los ferrys y la orilla del río, sin hacer nada contra el sol mancillante del mediodía. Un poco más allá llegaron a donde estaba amarrado el bote del barquero. Empezaron a navegar río arriba. Solamente ellos dos. Nadie más lo hacía.
María siguió sin preguntar.
Un poco antes de la puesta de sol, llegaron a una bahía con un muelle en medio de un bosque alto y espeso. Los sonidos de aves, insectos y ranas bullían como si el mundo estuviese atestado solamente de esa vida. María estaba segura de escuchar incluso cantos venidos del río mismo, como si los peces se sintieran libres para hacerlo en esa parte escondida del universo, en esa parte donde el río había vuelto a tener su nombre original.
No caminaron más de un minuto al salir del muelle y ya habían llegado a la cabaña. El barquero le ordenó a María prender el fuego.
- No sé, respondió ella.
- Por supuesto que no sabes, le dijo el barquero. Por eso has venido.
El barquero se quitó el saco que lo había acompañado a pesar de tanto calor. María notó que no había sudado una gota. Además olía a cedro intensamente, a algo parecido al aceite de oliva y a un toque de sal. A los mismos olores que repletaban la cabaña. Luego prosiguió a prender lámparas y cerrar cortinas.
- Solamente tienes que responderme con la verdad. Hay gente que llega hasta aquí a pesar de todos los obstáculos del camino, y ya en este instante, desisten… ¿Quieres que te enseñe a prender el fuego?
María quería contestar pero no podía. Sus brazos estaban inmóviles, su cuerpo desobedecía su voluntad como en una de esas pesadillas que pensó haber superado. Hizo un esfuerzo terrible hasta que finalmente articuló un sí.
- Sí. No busco otra cosa, continuó casi sin aliento. Por eso he venido.
El barquero jaló un banquito. Se sentó frente a ella. Por primera vez vio su cuerpo de frente. Hombre grande, facciones marcadas de indígena, cabello lustroso casi tan largo como el suyo, ojos como el cielo de verano, que por lo mismo, quemaban.
- Ahora solamente falta que me contestes tres cosas: ¿qué has aprendido?
Su mente respondía tan lento como sus músculos. María seguía haciendo un esfuerzo que sobrepasaba sus facultades físicas, tanto para seguir respirando como para mantenerse de pie. Ahora, además, debía pensar. Pero dijo tres cosas, y luego, preguntó qué aprendí…
Quiso rebuscar en sus recuerdos algún consejo del libro de magia. Nada. Quiso recordar alguna enseñanza, solo una parte de una enseñanza que hubiese aprendido de alguna otra bruja, de la vida. Nada. Finalmente comprendió que debía relajarse y dejar de pensar. Y contestó.
- Primero te esperé. Fue duro no desesperarse tomando en cuenta la importancia de esta prueba. Pero estuve en paz. Estuve alerta, tranquila como una estatua. En segundo lugar, pasamos junto a una ilusión de fin del mundo. Las naves estaban sin gasolina y las personas esperaban la muerte. Tampoco desesperé. No solamente no te pregunté nada sino que interiormente me mantuve en silencio. Por último, hemos llegado aquí y me has tratado de matar. Pero me he relajado y he comprendido que no puedes hacerlo si no te dejo.
He aprendido a desaparecer el miedo.
Ahora enséñame.
El barquero sonrió, hizo un ademán con un dedo y la chimenea se encendió sola. Alzó la vista. María estaba radiante. Sus ojos grandes ya no se cubrían más con el cabello.
